_«ARTE Y REAL ESTATE CONECTAN EN CÓMO HABLAN DE ESPACIO, IDENTIDAD, CONTINUIDAD Y PERTENENCIA»
Madrid arranca el nuevo curso en materia artística con una cita tan ineludible como inspiradora: la feria de arte contemporáneo Estampa, que se celebra del 24 al 27 de septiembre en Ifema.
Analizamos lo que significa esta cita con Icíar Mangas, gestora cultural, directora-fundadora de Mapping Culture –agencia cultural dedicada a la creación de la estrategia cultural y creativa de marcas e instituciones y al desarrollo de sus proyectos en este ámbito–; creadora de artMunity –una comunidad para entusiastas del arte–; Head of VIP Development & Cultivation en Art Basel y colaboradora destacada de Knight Frank.
—Estampa marca el inicio del curso en el mundo del arte en Madrid. ¿Qué papel juega en el ecosistema de coleccionismo de alto patrimonio en España? ¿Qué la distingue de otras citas del sector?
—Estampa ocupa un lugar muy particular en el ecosistema español porque ha sabido construir algo que va más allá de una feria: una plataforma para entender, descubrir y activar el coleccionismo de arte contemporáneo en España. Es una feria que aboga por el arte español.
Como historiadora del arte y especialista en arte contemporáneo, considero especialmente valioso que Estampa acerque al público a los lenguajes, artistas y galerías que están configurando nuestra escena actual en nuestro país.
En la feria se pueden descubrir artistas noveles y jóvenes, así como piezas de importantes artistas en galerías de mercado secundario. Podemos decir que el mercado local todavía es una buena y asequible inversión, algo menos visible en los mercados internacionales.
Su foco en el galerismo español y portugués permite descubrir artistas, galerías y proyectos de gran calidad y, en muchos casos, con un recorrido todavía por construir.
Lo que la distingue es precisamente esa combinación entre mercado, descubrimiento y conocimiento. No se trata únicamente de comprar; se trata de entender qué está ocurriendo, quiénes son los artistas que están definiendo nuestro contexto y qué galerías están contribuyendo a transformar la escena.
Y eso es especialmente relevante hoy, cuando el público experto busca cada vez más criterio, contexto y acceso, y no simplemente una obra.
—Estampa prioriza el coleccionismo y galerismo español y portugués. ¿Cómo describirías el estado actual del mercado del arte en la península ibérica?
—Creo que estamos viviendo un momento especialmente interesante. El mercado ibérico está ganando madurez, profesionalización y visibilidad, y existe una generación de galerías y artistas con una capacidad de internacionalización mucho mayor que hace unos años.
España tiene además algo muy valioso: una escena artística extraordinariamente diversa y todavía relativamente accesible frente a otros mercados internacionales. Esto genera oportunidades tanto para quienes se acercan por primera vez a la compra de arte como para quienes buscan diversificar sus adquisiciones.
También está cambiando el perfil de la demanda. El interés ya no se limita a los grandes nombres históricos. Existe una atención creciente hacia artistas contemporáneos, nuevas generaciones y proyectos capaces de articular una narrativa propia.
Como historiadora del arte, me parece importante subrayar que esta evolución no puede medirse únicamente en términos económicos. También habla de una mayor conciencia sobre el valor cultural de las prácticas artísticas contemporáneas y sobre la necesidad de acompañar cada adquisición de conocimiento y contexto.
Ese es, precisamente, uno de los grandes potenciales de España: pasar de ser un mercado que muchas veces era descubierto desde fuera a convertirse en un contexto que forma a sus propios compradores y exporta talento.
—Uno de los aspectos más interesantes de Estampa es su compromiso con la reflexión sobre la evolución del arte contemporáneo, especialmente en su programa Ensayo Futuro. ¿Qué podemos esperar de esta nueva edición en este aspecto? ¿Hacia dónde estamos caminando?
—Creo que estamos avanzando hacia un ecosistema artístico mucho más abierto, híbrido y menos jerárquico.
Ensayo Futuro es interesante precisamente porque pone el foco en galerías y espacios emergentes, así como en nuevas maneras de producir, mostrar y distribuir arte. En la edición de 2026 reúne ocho proyectos y se completa con Interferencias, un espacio de reflexión sobre las nuevas perspectivas de la escena artística madrileña y nacional.
La evolución del sector pasa por romper cada vez más las fronteras entre disciplinas, entre lo físico y lo digital, y entre arte, diseño, arquitectura, tecnología y experiencia.
También por una idea que considero fundamental: la relación con el arte será cada vez más experiencial. Quien adquiere una obra no busca únicamente poseer un objeto; quiere comprender una práctica, conocer al artista, entrar en una comunidad y participar de una conversación. Es algo que conozco de primera mano. Con artMunity creamos comunidad de art lovers y a través de experiencias culturales descubrimos el arte y su ecosistema.
Ese es también uno de los principios que articulan mi trabajo en Mapping Culture, donde entendemos la gestión cultural como una herramienta para generar conocimiento, conexiones y experiencias significativas en torno al arte contemporáneo.
—La feria ya ha superado su treintena y ha alcanzado plena madurez. ¿Cómo ha evolucionado el perfil de coleccionista en este tiempo?
—Ha evolucionado muchísimo. El público que compra arte está hoy mucho más informado y Madrid ha acogido el coleccionismo internacional.
Pero, paradójicamente, creo que el cambio más importante es que coleccionar se ha democratizado intelectualmente. Ya no es necesario empezar con grandes presupuestos ni pertenecer a un determinado círculo para desarrollar una colección.
Veo también una evolución desde la acumulación hacia la construcción de una identidad y de una narrativa personal. Cada vez más personas entienden que una colección no tiene por qué responder únicamente a una lógica de inversión o de prestigio, sino que puede ser una forma de conocimiento y una manera de relacionarse con el mundo.
En los segmentos de mayor capacidad económica aparece además una dimensión adicional: además de poder crear un activo para el patrimonio, las obras pueden transmitirse de generación en generación y hablar de los valores, la sensibilidad y la historia de una familia.
Desde Mapping Culture acompañamos precisamente esa mirada amplia sobre el coleccionismo: no solo desde la selección de obras, sino también desde la investigación, la contextualización y la creación de vínculos duraderos con artistas, galerías e instituciones.
—Cada vez más compradores de vivienda prime y súper prime incorporan el arte como parte del proyecto de interiorismo para convertir una residencia en un hogar. ¿Cómo está cambiando la relación entre coleccionismo y espacio residencial?
—Durante mucho tiempo el arte se incorporaba a una vivienda al final del proceso, como una capa decorativa. Hoy estamos viendo exactamente lo contrario: el arte empieza a formar parte de la concepción del espacio desde el principio.
Una buena obra puede transformar completamente la percepción de una arquitectura. Puede generar un punto focal, crear una conversación con los materiales, modificar la escala de una estancia o introducir una dimensión emocional que ningún elemento puramente decorativo consigue.
Por eso cada vez tiene más sentido hablar de art-led interiors: proyectos residenciales en los que arquitectura, diseño y arte se piensan conjuntamente.
Y para el cliente de alto poder adquisitivo hay además una dimensión emocional muy importante. Una casa deja de ser simplemente una propiedad de alto valor para convertirse en un lugar que expresa quién eres y cómo quieres vivir.
Desde mi visión, el espacio no es nunca neutro. La manera en que convivimos con las obras transforma nuestra experiencia cotidiana y también la forma en que construimos memoria. Una vivienda puede convertirse así en un verdadero escenario cultural y vital.
—Desde la gestión cultural, ¿cómo se está consolidando el arte contemporáneo español como activo de inversión frente a otros mercados internacionales?
—Yo sería muy cuidadosa con hablar únicamente de «activo de inversión». El arte debe empezar por generar interés, emoción, convicción cultural y hacer una lectura de lo que está pasando en ese momento.
Dicho esto, sí creo que el arte contemporáneo español presenta características muy atractivas para un comprador sofisticado: calidad, diversidad, creciente reconocimiento internacional y, en determinados segmentos, precios todavía competitivos frente a mercados más maduros.
La clave está en saber distinguir entre comprar arte y desarrollar una colección.
La primera operación puede estar guiada por una tendencia. La segunda requiere conocimiento, visión y horizonte temporal.
Y ahí es donde la gestión cultural puede aportar muchísimo valor: ayudando a identificar artistas con una trayectoria sólida, galerías de confianza y, sobre todo, a construir un conjunto coherente que pueda adquirir valor cultural y económico a largo plazo.
Desde Mapping Culture, como gestora cultural especializada en arte contemporáneo, apoyamos el coleccionismo desde todos sus ángulos: investigación, asesoramiento, contextualización, diseño de colecciones y creación de experiencias que permitan comprender mejor aquello que se adquiere.
Porque una colección sólida no se construye únicamente con obras; se construye también con criterio, tiempo y conocimiento.
—Estampa da protagonismo este año a Esther Ferrer, figura histórica del arte conceptual español. Su obra demuestra cómo una trayectoria sostenida en el tiempo termina construyendo un legado con valor propio, casi como ocurre con las propiedades y colecciones que perduran generaciones. ¿Qué lección puede extraer un coleccionista o propietario de vivienda prime de este tipo de trayectorias, a la hora de pensar el arte —y el hogar— como legado a largo plazo?
—La principal lección es que el valor del tiempo es extraordinario.
Esther Ferrer es un magnífico ejemplo de cómo una práctica artística coherente, radical y sostenida puede adquirir una relevancia sostenida en el tiempo. Su trayectoria, vinculada a la performance, el arte conceptual y el histórico grupo ZAJ, ha construido un lenguaje absolutamente reconocible.
Como historiadora, me interesa especialmente cómo su obra demuestra que el legado no se construye necesariamente desde la espectacularidad, sino desde la coherencia, la investigación y la fidelidad a una manera propia de entender la práctica artística.
Para el coleccionismo, esto significa que no siempre hay que buscar lo que ya está validado por el mercado. Hay que tener la capacidad de reconocer el valor antes de que sea evidente para todos.
Si hablamos de una propiedad, esta puede tener un valor inmobiliario y económico determinado, pero con el tiempo puede adquirir también un valor emocional, cultural y familiar.
Una colección y una casa pueden convertirse en algo mucho más importante que un conjunto de activos: pueden formar parte de la historia de una familia y transmitir una determinada manera de entender el mundo.
—Para quienes gestionan propiedades prime y súper prime, ¿qué recomendaciones darías a la hora de asesorar a un cliente que quiere integrar una colección de arte en su vivienda?
—No hay una fórmula mágica, quizás les recomendaría que no empiecen por «qué obra queda bien aquí», sino por «qué historia queremos contar».
A partir de ahí, hay cinco aspectos fundamentales: primero, entender al cliente. Sus gustos, su personalidad, su historia y también cómo vive el espacio.
Segundo, pensar la arquitectura y el arte conjuntamente. Idealmente, las obras deben incorporarse desde el principio del proyecto y no como una compra de última hora.
Tercero, buscar calidad y criterio antes que cantidad. Una sola pieza excepcional puede transformar un espacio mucho más que diez obras elegidas únicamente por motivos decorativos.
Cuarto, seleccionar con perspectiva. No todo tiene que ser una apuesta especulativa, pero sí conviene pensar en artistas con una práctica sólida y una trayectoria capaz de desarrollarse con el tiempo.
Y, finalmente, crear una experiencia alrededor de las obras. Visitar estudios, conocer galeristas, hablar con artistas, viajar para ver exposiciones… El verdadero lujo hoy no es solamente poseer una pieza; es tener acceso al conocimiento, al contexto y a las personas que hacen posible esa obra.
"La evolución del sector pasa por romper cada vez más las fronteras entre disciplinas, entre lo físico y lo digital, y entre arte, diseño, arquitectura, tecnología y experiencia."
Esto es algo que fomentamos especialmente desde artMunity a través de nuestros programas culturales y académicos: generar espacios de encuentro, aprendizaje y conversación en torno al arte contemporáneo, acercando a coleccionistas y públicos interesados a los artistas, sus procesos y los contextos en los que trabajan.
Ahí es donde creo que arte y real estate de lujo tienen una conexión especialmente poderosa: ambos hablan de espacio, identidad, continuidad y pertenencia. Una vivienda puede ser el marco de una colección, pero también puede convertirse en parte activa de ella: un lugar donde las obras se viven, se comparten y adquieren nuevos significados con el tiempo.